Estamos en plena época decembrina y, seamos honestos, además de luces, villancicos y ponche, también llega una presión silenciosa: la de dar el mejor regalo. Ya sea por el intercambio de la chamba, y más si te toca el jefe. El presente para quedar bien con la suegra, la pareja… y, por supuesto, los regalos de Santa para los hijos.
Si algo se eleva en diciembre, son las expectativas. Para muchas personas no solo es dar o recibir un detalle, es demostrar cuánto quieres y cuánto te importa alguien. Así que para hablar de este tema invité a una psicóloga picudaza, Alicia Domínguez de Pedro, la Doctora Descanso.
Alicia lo explicó sin rodeos: en muchas familias —no en todas, pero sí en muchísimas— la Navidad se convierte en una competencia. Quién da el regalo más caro, o quién “queda mejor” frente a los demás. Y los niños, que no son nada tontos, aprenden rápido a comparar, y empiezan a medir el amor en cajas, en marcas, en precios. “¿Quién recibió más regalos? ¿A quién le regalaron lo más caro?”
Cuando usamos los regalos como prueba de cariño, recompensa o compensación por ausencias, sin querer estamos mandando un mensaje peligrosísimo: te aman en función de lo que te dan. El amor empieza a tener precio. Y eso, aunque suene durísimo, se queda tatuado en la cabeza de los niños.
Yo lo dije al aire y lo repito aquí: el amor no se puede comprar. No hay muñeca, celular, consola o tenis que indiquen cuánto quieres a alguien. El amor no se presume ni no se compara. Y sin embargo, cada diciembre pareciera que olvidamos eso.
El resultado de todo esto: son niños con baja tolerancia a la frustración, poca gratitud, ansiedad, relaciones familiares tensas y una sensación constante de que nunca es suficiente. Ni lo que tienen, ni lo que reciben, ni lo que son.
Y ojo, porque aquí nadie está diciendo que los regalos sean malos. Al contrario. Un detalle pensado, algo que conecta con lo que le gusta al otro, puede ser un acto de amor precioso. El problema no es regalar, el problema es sustituir presencia con objetos.
Alicia compartió algo que me encantó: la idea de cambiar cosas por experiencias, por convivencia, por momentos. Desde un plan juntos, una salida, una actividad compartida, hasta gestos simbólicos que enseñan el verdadero valor del vínculo. Eso educa mucho más que cualquier caja envuelta con un moño.
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